Aquí os dejo algunos enlaces para que podáis buscar un cuento popular de vuestro continente. Leed varios de países idferentes y elegid el que más os guste:
Cuentos del Mundo (1)
Cuentos del Mundo-Kahani
Cuentos infantiles cortos-Educapeques
La vuelta al mundo en 80 cuentos
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lunes, 27 de abril de 2015
domingo, 16 de noviembre de 2014
TOLERANCIA: Cuento de Caperucita (versión del Lobo)
Ahora que estamos trabajando con los cuentos maravillosos y siguiendo con la celebración del "Día de la TOLERANCIA", os propongo una lectura diferente y simpática (o empática) del cuento. Podéis entrar desde la imagen o en el título: "Caperucita y el Lobo".
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Una competición de sapos
En un lejano pueblo se organizó una carrera de sapos, con el objetivo de alcanzar llegar a lo alto de una gran torre.
Había en el lugar una gran multitud. Mucha gente para vibrar y gritar por ellos.
Comenzó la competencia. Pero como la multitud no creía que pudieran alcanzar la cima de aquella torre, lo que más se escuchaba era:
- ¡Que pena! Esos sapos no lo van a conseguir... no lo van a conseguir...
Los sapitos comenzaron a desistir.
Pero había uno que persistía y continuaba subiendo en busca de la cima.
La multitud continuaba gritando:
- ¡Que pena!! Ustedes no lo van a conseguir...
Y los sapitos estaban dándose por vencidos, salvo aquel sapito que seguía y seguía tranquilo, y ahora cada vez más con más fuerza.
Ya llegando el final de la competición todos desistieron, menos ese sapito que curiosamente en contra de todos, seguía.
Llegó a la cima con todo su esfuerzo.
Los otros querían saber qué le había pasado.
Un sapito le fue a preguntar cómo él había conseguido concluir la prueba.
Y descubrieron que... ¡Era sordo!
Reflexión:
¡No permitas que personas negativas derrumben las mejores y más sabias esperanzas de tu corazón!
Recuerda siempre el poder que tienen las palabras que escuchas o veas.
Por lo tanto, preocúpate siempre de ser ¡POSITIV@!
Moraleja: Sé siempre SORD@ cuando alguien te diga que no puedes realizar algún sueño.
*****************
Y yo, ¿cómo actúo?:
- Consigo "hacerme el/la sord@" cuando intentan desanimarme...
- Yo desanimo a otras personas en el deseo de alcanzar sus propósitos cuando...
- ¿Refuerzo lo positivo o subrayo lo negativo?
-
Había en el lugar una gran multitud. Mucha gente para vibrar y gritar por ellos.
Comenzó la competencia. Pero como la multitud no creía que pudieran alcanzar la cima de aquella torre, lo que más se escuchaba era:
- ¡Que pena! Esos sapos no lo van a conseguir... no lo van a conseguir...
Los sapitos comenzaron a desistir.
Pero había uno que persistía y continuaba subiendo en busca de la cima.
La multitud continuaba gritando:
- ¡Que pena!! Ustedes no lo van a conseguir...
Y los sapitos estaban dándose por vencidos, salvo aquel sapito que seguía y seguía tranquilo, y ahora cada vez más con más fuerza.
Ya llegando el final de la competición todos desistieron, menos ese sapito que curiosamente en contra de todos, seguía.
Llegó a la cima con todo su esfuerzo.
Los otros querían saber qué le había pasado.
Un sapito le fue a preguntar cómo él había conseguido concluir la prueba.
Y descubrieron que... ¡Era sordo!
Reflexión:
¡No permitas que personas negativas derrumben las mejores y más sabias esperanzas de tu corazón!
Recuerda siempre el poder que tienen las palabras que escuchas o veas.
Por lo tanto, preocúpate siempre de ser ¡POSITIV@!
Moraleja: Sé siempre SORD@ cuando alguien te diga que no puedes realizar algún sueño.
*****************
Y yo, ¿cómo actúo?:
- Consigo "hacerme el/la sord@" cuando intentan desanimarme...
- Yo desanimo a otras personas en el deseo de alcanzar sus propósitos cuando...
- ¿Refuerzo lo positivo o subrayo lo negativo?
-
miércoles, 22 de mayo de 2013
LA CUEVA DE LAS ÁGUILAS (Continuación)
Para Alfonso con cariño…
Daniel,
Hugo, Toño, Susana y Espe, junto a toda la clase, esperaban a que la maestra
abriera. Esperaron menos de tres minutos y ya abrió. Nada más llegar, la
maestra preguntó:
-¿Todo
el mundo ha hecho el trabajo’
-Sííí,
-contestaron todos.
-Bien,
pues entonces empezaremos con el tema de los trabajos.
-¿Y
qué vamos a hacer? –preguntó Álvaro, un niño de la clase.
-Voy
a ir sacando grupo por grupo para ver qué han hecho, Álvaro.
Entonces
la maestra sacó el primer grupo, el segundo, el tercero… Mientras tanto el
grupo de Daniel no paraba de hablar.
-Gracias
Daniel -dijo Hugo.
-De
nada –respondió.
-¿Seguro
que vas a mentir?- preguntó Susana.
-Sí.
-Tú….-dijo
Espe.
-Nunca
has mentido –continuó Toño.
-Bueno,
el grupo de Daniel y compañía, por favor -habló la maestra.
-Ohhh!,
nos toca –pensaron todos.
-A
ver ¿qué habéis hecho?
Entonces
Daniel enseñó el trabajo.
-Esto
es, maestra – dijo Toño.
-Ehhhhh!....
vale está muy bien, pero quería haceros una pregunta, ¿cómo os habéis
organizado? –preguntó la maestra.
-Pues…..
-Verás….
-Yo
he comprado la cartulina, Hugo ha pegado las hojas, Toño ha escrito, Susana ha
cogido las hojas y Espe ha escrito los nombres –dijo Daniel.
-Ahhh,
vale- dijo la maestra con alegría, pensando que no serían capaces de hacer una
cosa cada uno, sobre todo Hugo.
-¡No!
–exclamó Hugo.
-Maestra,
verás…, -Hugo le contó todo a la maestra, lo que había ocurrido y también se
arrepintió por haber sido tan cruel con Daniel.
La
maestra, emocionada les dijo:
-Ahora mismo os debería
poner un cero a todos, menos a Daniel, pero no lo voy a hacer pues habéis hecho
algo muy importante.
Vosotros, -continuó la
maestra- Susana, Toño, y Espe, habéis engañado a Daniel, cosa muy mala, pero
habéis intentado decir la verdad.
Tú, Daniel, has hecho todo
el trabajo y has mentido, solo para que a tus compañeros nos les ponga un cero.
Y tú, Hugo, has dicho la
verdad a pesar de todo lo que podría venir detrás. Habéis conseguido dos cosas
importantísimas: la igualdad y la amistad.
Así que tenéis todos un diez. Os
felicito –dijo emocionada.
Al escuchar esas palabras todo el
grupo se emocionó y se dio un abrazo.
Desde entonces, Daniel, Hugo, Susana,
Toño y Espe son inseparables. Y, desde aquel día, la vida de Daniel cambió.
Ángela
Enamorado Acosta, 4ºA
miércoles, 15 de mayo de 2013
LA CUEVA DE LAS ÁGUILAS
Aunque ese día no había colegio porque era fiesta, Daniel se
levantó temprano. Estaba contento, ansioso de que llegara la hora a la que
había quedado con su grupo.
El día anterior, los alumnos se habían distribuido en equipos
para que, aprovechando que estaban en mitad del otoño y que al día siguiente no
tenían que ir a clase, buscaran hojas de árboles caducos e hicieran una
composición con ellas en una cartulina.
Habitualmente Daniel no lo tenía fácil para encontrar equipo;
ni siquiera para jugar a la hora del recreo. Todos decían de él que era un poco
patoso y que no sabía jugar, así que no solían contar con él. Aquella vez fue
diferente. Había sido la propia maestra la que, conociendo lo ocurrido, organizó
los equipos. Y a Daniel le había tocado con Hugo (al que todos consideraban el
líder de la clase), Toño (inseparable de Hugo), Susana (hermana de Toño) y Espe
(una niña nueva ese año en el cole y con la que a todos se les caía la baba).
Así, andaba Daniel terminándose el desayuno, cuando entró su
padre en casa diciendo que acababa de ver a los compañeros de éste andando
hacia las afueras del pueblo. No podía ser; habían quedado a las diez y media y
todavía faltaba más de un cuarto de hora para ese momento. Daniel dejó el resto
del desayuno sobre la mesa, cogió su bolsa y salió corriendo en busca del
grupo.
- ¡Esperadme!- se escuchó a lo lejos. Toño, el primero en
advertir el grupo, giró la cabeza y vio a Daniel corriendo hacia ellos.
–
¡Vaya, ahí viene el patoso! ¿Cómo se habrá dado
cuenta? - dijo Toño.
–
¿Qué hacemos, salimos corriendo? - preguntó
Susana.
–
No – respondió Hugo-, ya nos ha visto y éste es
capaz de chivarse a la maestra.
– Hola – jadeó Daniel al llegar a la altura de los
demás, con poco resuello para respirar-. Creí que habíamos quedado a las diez y
media.
– No, a las diez. Tú tan torpe y patoso como
siempre – le contestó Espe.
Murmurando entre ellos, sin apenas poder entender Daniel lo
que decían, continuaron andando. Recogieron algunas hojas caídas de los árboles
cercanos al riachuelo. Casi todas parecían iguales.
–
La maestra va a decir que no sabemos buscar
hojas; son todas idénticas – Dijo Susana.
– Claro, con el bulto éste de niño que nos ha
puesto en el grupo no podemos ni encontrar hojas decentes. ¡Si será hasta gafe!
- concluyó Toño.
– Vayamos a la “cueva de las águilas”.- Propuso
Hugo.
– ¡Uf! Eso es peligroso, Hugo – dijo Toño.
– ¿Qué es la cueva de “las águilas?- Preguntó
Espe.
– Una cueva que hay en el monte pelado. Dicen que
dentro viven águilas que son capaces de devorar a una persona viva.- Dijo
Susana.
– ¡Anda ya, eso no puede ser! - apostilló Hugo-.
No es más que invenciones de los mayores para que los niños no nos acerquemos.
Allí alrededor hay árboles diferentes. Y me parece que seríais unos cobardes si
no venís.
– A mí no me deja mi madre meterme en la cueva –
dijo Daniel.
– ¿Y cómo se va a enterar tu madre de que entras
en ella, bobo? - le dijo Toño.
Hugo le dijo que era un miedoso y un bobo y que, si no iba
con ellos, no aparecería su nombre en el trabajo y le dirían a la maestra que
no quiso colaborar, así que a Daniel no le quedó más remedio que acompañar a
los demás a la temida “cueva de las águilas”.
Conforme se iban acercando a la cueva, a Daniel se le iba
acelerando el pulso. Al llegar, todos comprobaron que era cierto que allí había
árboles distintos, con lo que no tardaron en recoger varias hojas de diferentes
formas y tamaños.
– ¿Quién se atreve a entrar en la cueva? -
preguntó Hugo.
– Es peligroso, Hugo, no creo que sea buena idea-
se apresuró a decir Daniel.
– ¡Entremos! - concluyeron Susana, Espe y Toño.
– Tú primero, Daniel – propuso Hugo.
Como Daniel no quería seguir pareciendo el patoso bobo que
todos le decían, se llenó de valor y entró primero en la cueva. Había mucha
humedad, pues se filtraba el agua y hacía que el suelo estuviera muy
resbaladizo. En uno de sus habituales traspiés, cayó al suelo y se arañó la
pierna. Su quejido sirvió para que los demás se rieran de él, así que sus ojos
se enrojecieron más por la vergüenza y la rabia que por el dolor.
– ¡Quita!, no sirves ni para descubrir cuevas –
sentenció Hugo.
Quedando Daniel sentado sobre una piedra y mirándose el
profundo arañón, el resto del grupo siguió avanzando. Poco tardaron en
comprobar que no sólo Daniel iba a sufrir las consecuencias de la humedad.
Cuando quisieron descender por los salientes de las piedras, fueron resbalando
uno a uno hasta terminar los cuatro en el suelo. El que peor escapó fue Toño,
que, además de rasguños, se torció el tobillo y gritaba de dolor.
– ¿Qué te pasa, hermano?- le preguntó Susana.
– No puedo mover el pie, me lo he roto entero – le
contestó éste.- Ayudadme a salir de aquí, quiero salir y me quiero ir a mi
casa, me duele el pie.
Entre Susana, Espe y Hugo levantaron a Toño e intentaron
escalar nuevamente las rocas, pero estaban mojadas y resbalaban una y otra vez.
Acababan de meterse en un buen lío y no sabían cómo salir de él.
– ¡Daniel, ayúdanos!- gritó Espe.
–
¿Y qué puedo hacer? No alcanzo vuestras manos
para tirar de vosotros- contestó Daniel.
– ¡Me duele!- repetía Toño una y otra vez.
Sin mediar palabra y echando un vistazo a su pierna
magullada, Daniel se puso en pie y salió corriendo de la cueva.
– ¡Miedoso, bobo, patoso! - se oía gritar a los
demás desde dentro de la cueva.
– ¡Mal amigo, vuelve!- oía Daniel decir a lo
lejos.
– ¿Qué hacemos ahora? Tengo miedo – decía Espe a
Susana, quien no la oía por estar llorando y pendiente del tobillo hinchado de
su hermano.
– ¡Maldita sea! Cuando coja a ese patoso se va a
enterar- dijo Hugo.
Cerca de una hora más tarde, los cuatro niños oyeron voces en
el exterior y empezaron a gritar para que, quienes pasaran por allí, los
oyeran.
– ¡Susana, Toño!- se oyó gritar. Era una voz
familiar, el padre de los hermanos que, acompañado por Daniel y su padre,
entraban en la cueva en auxilio de los niños.
– No os preocupéis, hijos, ya estamos aquí- dijo
Andrés, padre de Toño y Susana, quien descendió hasta los niños y examinó el
pie de su hijo, observando que se trataba únicamente de una buena torcedura,
pero que no había nada roto.
– Voy a vendarte el pie, hijo y después tendrás
que subir por esta escalera. Te dolerá un poco, pero no tienes más remedio que
soportar ese dolor. Cuando salgamos, iremos a que el médico te vea ese tobillo
y te mande algo para bajar la hinchazón.
Una vez fuera, los dos hermanos, Espe y Hugo subieron al
coche de Andrés. Antes de arrancar, Hugo volvió la cabeza a Daniel y dijo:
– Gracias, Daniel. Perdón por lo que te dije
antes.
Daniel, antes de volver a casa andando con su padre, se
volvió a la cueva y recogió la bolsa donde habían guardado las hojas.
Al día siguiente, a la hora de entrar al colegio y en la fila
de la clase de los niños, se observaban varias cartulinas con hojas caducas.
Una de ellas, quizás no la más bonita, ni tampoco la que más hojas tenía, era
sujetada por Daniel. A su lado, Hugo le echaba el brazo por encima.
En la cartulina, además de las hojas con los nombres de sus
respectivos árboles, aparecían cinco nombres de alumnos:
Hugo, Susana, Espe, Toño y Daniel.
Alfonso Pedro Domínguez
viernes, 22 de marzo de 2013
LA ESTRELLA FUGAZ. (Cuento)
Había una vez una pequeña estrella
que vivía en un rincón lejano de una galaxia aún sin nombre. A menudo
escuchaba las conversaciones de las estrellas mayores que hacían
referencia a otros mundos llenos de la vida de numerosos seres distintos
y de luz.
Una noche, tras la diaria conversación de las mayores, dijo a su madre que quería convertirse en estrella fugaz y así poder observar sus ojos también las maravillas que sus oídos escuchaban. Su madre se negó rotundamente alegando que era peligroso andar por esos mundos inmensos sin conocerlos bien, que temía que se perdiera. Pero la pequeña estrella era demasiado obstinada y había tomado la determinación, así que a su madre no le quedó otra que aceptar el hecho y decirle que primero tenía que prepararse convenientemente y después pedir permiso al Consejo de astros.
Cada mañana, tras amanecer, la pequeña estrella se esforzaba más y más por aprender las numerosas rutas celestes y por coger la fuerza necesaria para emprender lejanos viajes. Cada noche probaba con su madre, en distancias cortas, lo aprendido horas antes.
Y así, cuando estuvo preparada, rogó a su madre que la dejara ir a hablar con el Consejo. Su madre, viendo el entusiasmo de la pequeña, accedió a su petición.
Este Consejo, que a diferencia de los de los otros mundos vecinos se distinguía por su generosidad, estaba formado por los astros más viejos y sabios de la galaxia. Astros que, en su larga vida, habían acumulado experiencia y conocimiento, sabiduría y prudencia.
La pequeña estrella se vistió con sus mejores destellos y se engalanó con su luz más blanca. Habló tímidamente pero con entusiasmo. Los astros, notando su empeño, ilusión y sinceridad no pudieron por más que concederle lo que pedía. Una semana en aquel rincón lejano del universo. Pasada esa semana habría de regresar.
¡Qué gozo más enorme, qué nervios, qué ganas de emprender el viaje!
Descansó durante todo el día, cogiendo fuerzas para cuando llegara la noche. Su madre, protectora y amiga, también sentía nervios. Por un lado no quería que se fuera su pequeña, por otro comprendía que no podía retenerla contra su voluntad.
Y llegó la noche. Se fundió en un abrazo de tiempo incalculable con su madre, miró al infinito y echó a volar. Nadie sabe con certeza cuánto tiempo empleó en el camino, nadie sabe con certeza qué rumbo tomó, nadie sabe con certeza qué fuerza la guiaba, pero antes de que el sol de aquel rincón del universo despertara, la estrella llegó a su destino.
Desde lo alto divisó luces en un planeta y supo que había llegado. Extrañada por tanto movimiento fue, poco a poco, comprendiendo lo que allí sucedía. Vio cómo pequeños seres se movían de aquí para allá. Vio cómo algunos de esos seres hacían ruidos extraños con su boca, unos emitían sonidos acompasados, otros contestaban y otros simplemente reían. Siguió investigando y descubrió montañas, valles, ríos. Fue descubriendo todas aquellas cosas auténticas que se daban cita en aquel mundo misterioso.
Y descubrió un jardín, lleno de campanillas blancas, de flores se diría que hasta sonrientes, de rosas y violetas de nombre no conocido a las que se le notaba cierta envidia cuando vieron pasear entre ellas a uno de esos seres caminantes. Y cerca de ellas descubrió el mar.
No
había salido de su asombro cuando le esperaba la sorpresa mayor.
Ocurrió en un pueblo con castillo, al sur de una península que llamaban
de los iberos, un pueblo llamado “ la hora de la cena” o algo así, no
quedó mu claro. Detrás de las flores, entre los árboles, vio dos seres
jugando, riendo. Se quedó inmóvil, fue para ella como descubrir la razón
que le había empujado a lanzarse a aquella aventura. Descubrió a los
niños.
Deseó convertirse en niña y corretear y jugar y reír con ellos. Se sintió dichosa y feliz. Cada noche se asomaba al mismo lugar a buscar a esos niños juguetones y sonreía desde lo alto.
Pasada ya la semana tuvo que regresar. La verdad es que le costó trabajo dejar aquel lugar, pero iba dichosa por todo lo que había descubierto y se dijo a sí misma que algún día, aunque pasara mucho tiempo, volvería a ese sitio.
Una noche, tras la diaria conversación de las mayores, dijo a su madre que quería convertirse en estrella fugaz y así poder observar sus ojos también las maravillas que sus oídos escuchaban. Su madre se negó rotundamente alegando que era peligroso andar por esos mundos inmensos sin conocerlos bien, que temía que se perdiera. Pero la pequeña estrella era demasiado obstinada y había tomado la determinación, así que a su madre no le quedó otra que aceptar el hecho y decirle que primero tenía que prepararse convenientemente y después pedir permiso al Consejo de astros.
Cada mañana, tras amanecer, la pequeña estrella se esforzaba más y más por aprender las numerosas rutas celestes y por coger la fuerza necesaria para emprender lejanos viajes. Cada noche probaba con su madre, en distancias cortas, lo aprendido horas antes.
Y así, cuando estuvo preparada, rogó a su madre que la dejara ir a hablar con el Consejo. Su madre, viendo el entusiasmo de la pequeña, accedió a su petición.
Este Consejo, que a diferencia de los de los otros mundos vecinos se distinguía por su generosidad, estaba formado por los astros más viejos y sabios de la galaxia. Astros que, en su larga vida, habían acumulado experiencia y conocimiento, sabiduría y prudencia.
La pequeña estrella se vistió con sus mejores destellos y se engalanó con su luz más blanca. Habló tímidamente pero con entusiasmo. Los astros, notando su empeño, ilusión y sinceridad no pudieron por más que concederle lo que pedía. Una semana en aquel rincón lejano del universo. Pasada esa semana habría de regresar.
¡Qué gozo más enorme, qué nervios, qué ganas de emprender el viaje!
Descansó durante todo el día, cogiendo fuerzas para cuando llegara la noche. Su madre, protectora y amiga, también sentía nervios. Por un lado no quería que se fuera su pequeña, por otro comprendía que no podía retenerla contra su voluntad.
Y llegó la noche. Se fundió en un abrazo de tiempo incalculable con su madre, miró al infinito y echó a volar. Nadie sabe con certeza cuánto tiempo empleó en el camino, nadie sabe con certeza qué rumbo tomó, nadie sabe con certeza qué fuerza la guiaba, pero antes de que el sol de aquel rincón del universo despertara, la estrella llegó a su destino.
Desde lo alto divisó luces en un planeta y supo que había llegado. Extrañada por tanto movimiento fue, poco a poco, comprendiendo lo que allí sucedía. Vio cómo pequeños seres se movían de aquí para allá. Vio cómo algunos de esos seres hacían ruidos extraños con su boca, unos emitían sonidos acompasados, otros contestaban y otros simplemente reían. Siguió investigando y descubrió montañas, valles, ríos. Fue descubriendo todas aquellas cosas auténticas que se daban cita en aquel mundo misterioso.
Y descubrió un jardín, lleno de campanillas blancas, de flores se diría que hasta sonrientes, de rosas y violetas de nombre no conocido a las que se le notaba cierta envidia cuando vieron pasear entre ellas a uno de esos seres caminantes. Y cerca de ellas descubrió el mar.
No
había salido de su asombro cuando le esperaba la sorpresa mayor.
Ocurrió en un pueblo con castillo, al sur de una península que llamaban
de los iberos, un pueblo llamado “ la hora de la cena” o algo así, no
quedó mu claro. Detrás de las flores, entre los árboles, vio dos seres
jugando, riendo. Se quedó inmóvil, fue para ella como descubrir la razón
que le había empujado a lanzarse a aquella aventura. Descubrió a los
niños.Deseó convertirse en niña y corretear y jugar y reír con ellos. Se sintió dichosa y feliz. Cada noche se asomaba al mismo lugar a buscar a esos niños juguetones y sonreía desde lo alto.
Pasada ya la semana tuvo que regresar. La verdad es que le costó trabajo dejar aquel lugar, pero iba dichosa por todo lo que había descubierto y se dijo a sí misma que algún día, aunque pasara mucho tiempo, volvería a ese sitio.
Aquella pequeña estrella fue, en definitiva, la primera viajera del espacio y la responsable de que, si miramos a lo alto en una noche serena, veamos estrellas fugaces que vienen a ver a los niños jugando en este planeta en el que se dan cita tantas cosas para que sus ocupantes las disfrutemos.
Pero no podía ya conformarse con lo vivido; quería más, necesitaba más. Rogó a su madre que la dejara ir de nuevo a hablar con el consejo. Y esto fue lo que pasó: ........
Alfonso Pedro Domínguez
**********************
- ¿Te ha gustado el cuento? Ahora te toca continuarlo; piensa qué te gustaría que ocurriera y escríbelo.
- Haz dibujos que ilustren la historia; entre todos seleccionaremos los que más nos gusten para imprimirlos con el cuento (pueden ser los tuyos y aparecer tu nombre como "ilustrador/ilustradora").
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